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jueves, 26 de febrero de 2015

Oliver Sacks

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.
Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.
“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.
He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.
Hume continuaba: “Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.
En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.
Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.
En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.
Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.
Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).
De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.
No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.
Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.
No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.
Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.
Oliver Sacks, catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, es autor de numerosos libros, entre ellos Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.
© Oliver Sacks, 2015.
Este artículo se publicó originalmente en The New York Times.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia para El País.

martes, 20 de mayo de 2014

miércoles, 19 de febrero de 2014

Neuromagia

Este tipo se llama Apollo Robbins, es un maestro carterista y una celebridad en el mundo de la magia.




Este tipo, en una ocasión fue capaz de despojar de relojes, billeteras e insignias, sin pasar por alto el mapa con el itinerario secreto y las llaves de la limusina presidencial, a los miembros del mismísimo Servicio Secreto de la escolta del ex presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter: flipa…

Esto lo extraigo del número 64 de la revista ‘Mente y Cerebro’ correspondiente a Enero-Febrero de 2014:

Los ilusionistas recurren a tácticas psicológicas refinadas para desviar la atención del público, de manera que pueden llevar a cabo movimientos ‘mágicos’ a espaldas de los espectadores, con frecuencia incluso ante sus propios ojos. Entre sus maniobras mentales se encuentran:

Postimágenes: El mago presiona una parte del cuerpo del sujeto (la mano o la muñeca) para simular la presencia de un objeto real (un reloj o una moneda); el individuo tiene la impresión de que el objeto se encuentra donde cree, no siendo así.

Verborrea: A base de preguntas e insinuaciones, el mago llena la mente del observador con información irrelevante, que le desconcierta y distrae de los movimientos del mago.

Desviación pasiva: Los objetos nuevos en la escena, sean en movimiento, brillantes o relucientes, reclaman la atención del espectador. Los científicos hablan en este caso de captura sensorial.

Desviación activa: El ilusionista solicita al sujeto que desarrolle una acción irrelevante, desviando así su atención hacia esa actividad.

Desviación temporal: Al dejar una pausa entre el método subyacente a un truco y su efecto, el mago impide que el espectador los relacione.

Señuelos: Si una acción parece tener una finalidad evidente, como rascarse o calarse el sombrero, el público no suele percatarse de que el mago se ha aprovechado del movimiento para deslizar un objeto bajo el ala de la chistera o encajarlo detrás de la oreja.


Neuromagia se llama la cosa… cada vez más ‘neuro’ delante de palabras… neuroarquitectura, neuroeconomía… los neurocientíficos están de enhorabuena, entre ellos, la novia de Sheldon Cooper. Además, en el caso de Mayim Bialik, se trata de su ocupación real cuando descansa de la ficción apasionante/terrorífica que debe suponer ser la novia de Sheldon Cooper.





Me molan estos tipos que mueven las manos rápido y roban cosas y dejan a la gente boquiabierta con sus trucos. Probablemente el hecho de que es una ocupación que seguro reporta mucho éxito con el sexo opuesto también ayude a mi impresión, sobre todo desde que soy bajista… los bajistas ya se sabe… pillan poco, aunque la verdad, como guitarrista tampoco pillé demasiado. Me queda probar como futbolista de éxito, empresario, político y activista del FEMEN.

martes, 22 de octubre de 2013

Chistes para psicólogos





Efectivamente, al contrario que los ingenieros de caminos, canales y puertos, los psicólogos nos reímos de gilipolleces.
Freud nunca defrauda. (defreuda!!!  éste es mío!!!! jajajj)


Lo siento mucho.....